Nueve maneras de decir nadie (El nuevo Anaxímenes o fragmentos de monólogo futuro)

March 16, 2006

 

De nada sirve un nombre para aquello que no lo necesita. El viento, por ejemplo, no necesita un límite para tener forma, es simplemente en lo-que-toca. Obsérvalo. Es movimiento. Es silencio. Observa. Allí (entre la arena, ese invisible lugar que sólo existe porque hay huellas) vive el viento disfrutando del tiempo en sus extremos, de la debilidad del agua, cuando cae, del lento sabor de un cuerpo que lo cruza. Eres tú quien pasa ahora por delante, desciendes, hasta la ceniza y la hierba. Y sin embargo ¿qué es lo que mira?

De nada sirve un nombre para aquello que no lo necesita. Imagina esta luz aplicada a las cosas. Esta hierba o piel que nos impide ver que hay algo dentro. Es el viento que rodea y da vida como imperceptible depredador en busca de algo que no es suyo. Imagina. Recuerda. Eso es el viento entre la hierba: una forma de ver.

De nada sirve un nombre para aquello que no lo necesita. Recuerda aquellas palabras de Anaxímenes quien “dijo que el principio es aire infinito, a partir del cual se generan las cosas actuales, las pasadas y las futuras, los dioses y las cosas divinas, y las demás cosas que proceden de aquél. El aspecto del aire es éste: cuando es perfecto, es imperceptible a la vista; pero se manifiesta, en cambio, por medio de lo frío y lo caliente, lo húmedo y el movimiento. Se mueve siempre; ya que, en efecto, todas las cosas que se transforman no se transformarían si no se moviera. Se manifiesta distinto al condensarse y al hacerse más sutil; pues cuando se disuelve en el grado más sutil, se genera el fuego. Los vientos, en cambio, son aire que se condensa; y la nube se forma a partir del aire, por comprensión; y al condensarse más surge el agua; y más condensado, la tierra; y condensado al máximo, las piedras. De este modo, las cosas más importantes de la generación son contrarias: lo caliente y lo frío”.

Da nada sirve un nombre para aquello que no lo necesita. La duna (nuestra continua forma de no ser) se eleva como un pesado cuerpo que recuerda su distancia con las olas. Es tal vez memoria (animal que nos destruye). A cada instante es otro su espacio. Aquí y ahora se deshacen. Es viento nuestra forma de estar y movernos. Todo movernos es danza (lo dijo Juan Ramón), todo viento es una forma de decir nadie. Pero ¿qué esconde el viento cuando sopla?

De nada sirve un nombre para aquello que no lo necesita. Observa sino esta hierba que en cada golpe crece hacia sí misma, esta arena en cuyo fondo algo (hecho de corazón o hambre) late. Acércate. Introduce tu mano. Hay sólo una forma de mirar que es no siendo lo mirado.

De nada sirve un nombre para aquello que no lo necesita. La música cuya hipnosis afila nuestras huellas (escucha la música del aire, amigo, decía Anaxímenes) nos hace caer entre esta hierba abrasada por el tiempo. Yo quiero estar allí, dicen que gritaba el pequeño Anaxímenes en alguna costa griega, cuando divisaba a lo lejos el golpe del viento en el pico de los pájaros que a cada instante caían en busca de su presa.

De nada sirve un nombre para aquello que no lo necesita. El desierto es un impulso. Al otro lado, dentro, ¿pero hay algo? Alguien lo ha dicho por ti: ¿Qué te parece escapar a todo límite, estar a la vez dentro y fuera como el animal que preso huye hacia su instinto? Me imagino que en donde tú vives nada es más parecido a la noche que esta vaga sensación de estar atrapado.


De nada sirve un nombre para aquello que no lo necesita. El viento: es de menor peso que el agua. Es de menor densidad que el agua. Tiene volumen indefinido. No existe en el vacío. Es incoloro, inodoro e insípido. El viento es –a cada trazo- lo que toca. Se transforma en cada gesto, en cada figura, y es todas las palabras al mismo tiempo.
(Recuerda a Whitman, amigo: Vago al azar e invito a mi alma; / me inclino y descanso a mi gusto mientras observo un tallo de hierba veraniega).


De nada sirve un nombre para aquello que no lo necesita. La arena esconde en algún lugar (ahí dentro) todas las huellas que la han pisado. Pero ¿qué esconde el viento cuando sopla? No guarda de sí ni un recuerdo ni un destino, ni siquiera una esperanza o un nombre, no es tampoco una forma o tiempo, simplemente es un horizonte, la espera de un desastre, nosotros. Eso somos, querido, decía Anaxímenes, sólo viento que sopla. El concepto de lugar, amigo, te conducirá a la nada.


Alberto Santamaría

(Para Cuando el viento sople, de Paco Nadie)

 

1 de marzo de 2006

 

 

 

 

 

 

 

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